Introducción a la música clásica


Llevo un tiempo apartado del blog, por que en mis momentos libres estoy tratando de entender y sobre todo de disfrutar de la música clásica. Sí habéis leído bien….clásica. Siempre ha sido mi asignatura pendiente . Y al igual que a un libro hay que dedicarle un tiempo de escucha, un tiempo de lectura y de investigación para poder apreciar la majestuosidad de cualquier obra, así que hoy voy a tratar de introduciros con la ayuda de algún que otro blog, a las mejores obras de la música clásica.

En primer lugar vamos a hablar de la NOVENA de Beethoven.

Del blog http://eltamiz.com/elcedazo/2009/09/05/la-novena-sinfonia-de-beethoven/ , he extraído un articulo soberbio, para los no iniciados en el tema, al respecto de la majestuosidad de esta obra. Por favor seguid el texto mientras veis y escucháis estas imágenes en youtube.

Ya os conté en la introducción mis nulos conocimientos musicales. Y mi, por llamarlo de alguna suave manera, desprecio por la música clásica (ya sabéis: Beethoven, Bach, Mozart, Tchaikowsky y demás gente de mal vivir). Pero un buen día, me aficioné…

Todo empezó (para mí) en 1969-70.

Yo tenía como quince años, quizá dieciséis, estaba en Quinto o Sexto de Bachillerato, y estaba muy preocupado, como tantos otros, por los rumores de separación en los Beatles, luego confirmados, qué gran disgusto, aunque ciertamente comenzaba a haber oferta pop o rock española de cierta calidad, léanse los Brincos, los Bravos, Joan Manuel Serrat o Mike Ríos, por ejemplo.

Miguel Ríos, muchos años después de grabar el Himno a la AlegríaMiguel Ríos, muchos años después de grabar el Himno a la Alegría

Éste último había tenido un éxito importante con un “single” que contenía dos temas: “El Río” y “Vuelvo a Granada” (casi todos los cantantes editaban esos años discos sencillos de 45 rpm, o “singles”, con dos canciones, una por cada cara. Sólo algunos eran capaces de editar LP’s, de 33 rpm y diez o doce canciones, pues eran mucho más caros y se vendían mucho menos, claro está).

Pues bien, alguien (Waldo de los Ríos, para más señas, que ni era tío ni nada de Miguel) convenció a Miguel Ríos, que por aquella época dejó de ser “Mike” para recuperar su nombre real, Miguel, de grabar una frivolité: El Himno a la Alegría, una adaptación cuasi-pop del mismo tema de la Novena Sinfonía de Beethoven. Supongo que le costó lo suyo convencerle… Tomaron la melodía principal, cortaron aquí y allá, le cambiaron la letra para poner una más acorde con los tiempos hippies de “Paz y Amor” y “Haz el Amor y no la Guerra” que vivíamos entonces, le pusieron unos coros resultones, metieron alguna que otra guitarra eléctrica por el medio… En fin.

Una chapuza patética, se mire como se mire.

Un éxito sin precedentes, también. Entre 1969 y 1970, se vendieron más de siete millones de copias en todo el mundo, una de ellas, comprada por mí, gracias a mi modesta asignación semanal y a alguna ayuda paterna. El tema fue número uno no sé cuantas semanas, no sólo en España, sino en todas partes, incluyendo Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Alemania… No sé yo si algún otro disco creado y producido en España ha tenido tal éxito desde entonces.

A mí me encantó. Como a tantos. Ese poderoso comienzo, con los cellos introduciendo el tema principal, esa majestuosidad de la melodía, muy bien cantada por Miguel, ese rápido final tan bien rematado… yo no había oído nunca nada parecido. Me encantó, definitivamente. Y me picó la curiosidad. ¿Cómo sería el original, cómo sonaría el Himno a la Alegría que escribió el tal Beethoven, para que diera origen a una canción tan bonita?

Intenté localizar a alguien que tuviera algún disco con el Himno a la Alegría… no encontré a nadie. Ya dije que en mi entorno no había nadie a quien le gustara la música clásica. Recurrí a padres de amigos. Tampoco.

Así que vi que la única manera de poder escuchar el Himno completo era comprándomelo yo, rompiendo el cerdito de mis escasos ahorros de la paga semanal. Me acerqué, entonces, a alguna tienda de discos del barrio, para ver lo que costaba el dichoso Himno a la Alegría original de Beethoven.

Para mi desaliento, descubrí que no venía sólo. Resulta que el Himno a la Alegría es el cuarto movimiento de la Novena Sinfonía, o sea, que no se vendía por separado: había que adquirir también los otros tres movimientos, que yo ni conocía ni quería para nada, claro está. Y además, resulta que el Himno a la Alegría de Beethoven duraba veinticinco minutos o más, mucho más de los cuatro minutos, más o menos, de la canción de Miguel Ríos. Y lo peor de todo es que todo ello, el pack con los cuatro movimientos de la Sinfonía, venían en un LP entero, que costaba una fortuna para mis infantiles finanzas. Pues vaya. Me iba a tener que quedar sin enterarme de cómo era la cosa…

Afortunadamente, unos meses después, pasando por otra tienda de discos del barrio, descubrí que tenían una oferta especial de discos de música clásica, obviamente por liquidación de existencias, por muy poco dinero (creo recordar que unas ochenta o noventa pesetas –unos cincuenta céntimos de euro-, que entonces no era tan poco dinero: un bocadillo de calamares de la Plaza Mayor costaba diez pesetas), y entre ellos, ¡un disco de la Novena Sinfonía de Beethoven! Mis escasas finanzas sí que daban para tales dispendios, así que fui corriendo a casa, rompí el cerdito, y me lo compré.

Wilhelm FurtwänglerWilhelm Furtwängler

Se trataba de una grabación de la Orquesta del Festival de Bayreuth, del año 1954, dirigida por Wilhelm Furtwängler y editada por La Voz de su Amo (creo recordar, pues hablo de memoria), que había quedado anticuada, puesto que se habían editado ya las versiones del astro ascendente, Herbert von Karajan, con la Berliner Philarmoniker… sólo que eso yo no lo sabía entonces, ni hasta mucho después.

El caso es que llegué emocionado a casa e inmediatamente lo puse en el tocata que mis hermanos y yo habíamos conseguido que nuestros padres nos compraran (para no ser menos que nuestras amistades, claro está).

No habían pasado ni dos minutos cuando empezó a desfilar por allí toda la familia: “¿Qué es esa cosa tan rara que suena?” “¿Le pasa algo al tocadiscos, se ha roto o qué?” “¿Estamos ya en Semana Santa?”, etc, etc. Cuando expliqué que me había comprado el disco, ése disco concretamente, algunos se fueron simplemente meneando la cabeza y murmurando “este chico, este chico…”, mientras otros directamente me preguntaron si tenía fiebre o qué.

En fin, que quité el disco y esperé a estar solo en casa para poder oírlo tranquilamente sin sufrir comentarios jocosos.

Cuando por fin me quedé solo, puse de nuevo el disco, subí el volumen y me preparé a oír esa tal Novena Sinfonía de ese tipo alemán, de ese tal Ludwig van Beethoven

Ludwig van Beethoven

Acompañadme, si lo gustáis, oyendo cualquier buena versión de la que dispongáis en disco, o, si no, siguiendo la grabación de la UCTelevision que puede encontrarse en youtube, interpretado por la Orquesta y Coros de la Universidad de California en Davis. En esta grabación está primero un Concierto de Órgano de Haendel (muy bonito, por cierto, pero no es el caso), y la Novena comienza en el minuto 13:30, aproximadamente.

El primer movimiento es un “Allegro ma non troppo, un poco maestoso”. Es decir, “rapidito sin pasarse, ligeramente majestuoso”. Comienza con una nota vacilante, un trémolo ejecutado por la cuerda grave (violas, cellos), como con indecisión, y los violines entran después con dos notas que se repiten por dos veces, como pidiendo excusas… yo me imagino que Beethoven nos está, tímidamente, pidiendo permiso para lo que va a venir después, como diciendo “Perdón, ¿puedo molestar…? Ya sé que estáis acostumbrados a una música determinada, pero es que yo vengo a proponeros algo muy diferente… ¿Puedo?”. Eso es lo que yo me imagino, claro. El tema va poco a poco afirmándose, hasta que entra la por fin orquesta entera (en un “tutti”), como diciendo: “Un momento, ¡ya está bien! Oídme… Esto merece la pena”.

El tema sube, baja, alterna, ruega, exige, pregunta, se repite, y se convierte en una melodía potente y pegadiza, en la que todos los instrumentos de la orquesta se van complementando con una armonía perfecta… En la parte central, sobre el minuto 8, el tema se expresa con toda la potencia de la orquesta, incluida la intervención decisiva de la percusión (el timbal), llegando al climax… Y el final… ¡Qué final! Allí Ludwig da un puñetazo en la mesa, como diciendo: “Se acabó; hacedme caso: No más Mozart, no más Haydn: Esta es la nueva manera de entender la música: ¡Enteraos de una vez! ¡Aquí está el Romanticismo!”. O eso es lo que yo me imagino, desde luego…

Hay que tener en cuenta que Beethoven compuso esta Novena Sinfonía entre 1818 y 1824. Cuando la terminó tenía cincuenta y cuatro años, sólo tres antes de su muerte, y estaba ya enfermo y, sobre todo, sordo como una tapia, lo que me imagino yo que debe ser un calvario para un músico. Todo este prodigio de Sinfonía la diseñó, compuso y escribió escuchándola exclusivamente en su cabeza, pues no oía absolutamente nada… a mí me cuesta imaginarlo, sinceramente. Y, desde luego, revolucionó la música. Nada fue igual después del apoteósico estreno de su Novena Sinfonía en Viena en 1824

En definitiva, que me enganchó. Completamente. No me podía yo imaginar algo así. Ese primer movimiento dura unos dieciséis minutos y se me hizo cortísimo. Quería más…

Afortunadamente, después del primer movimiento venía el Segundo… “Scherzo: Molto vivace”, lo que quiere decir, obviamente, “Muy vivaz”, o sea, muy rápido. Es un “Scherzo”, lo que quiere decir que mantiene un tono informal, jocoso: la palabra “Scherzo” significa “broma” en italiano (gracias a Alessandro por la corrección), o sea, que es una especie de broma musical. Para aquellos que no podáis esperar a oír el Scherzo, empieza (en el video de youtube) hacia el minuto 30:15.

Comienza este segundo movimiento con las mismas notas del tema principal del primer movimiento, pero rápidamente cambia, juega con ellas, busca variaciones, se expande, se contrae… pero siempre muy vivaz, muy rápido. El resultado es espléndido, también. Dura unos once o doce minutos, que también se me hicieron cortos…

…No así con el tercer movimiento: un “Adagio molto e cantabile-Andante moderato”, o sea “Lento que te pasas y cantable, y luego, Un poco más rápido pero no mucho”, más o menos. Se trata de un movimiento lento. Muy lento. En la versión de Furtwängler que estaba oyendo, algo más de diecisiete minutos; en la de Karajan de 1987, por ejemplo (reputada como una de las mejores versiones jamás grabadas de la Novena), dura algún segundo menos de dieciséis. En el video que os propongo comienza en el minuto 43:30, y dura unos trece minutos. Mal, en mi opinión, como luego veremos, pero es lo que hay…

El caso es que me aburrió. ¡Lo que es la juventud y la inexperiencia! Ahora, años después, me parece uno de los tiempos más bellos y emocionantes jamás escritos (incluso una persona conocida mía tiene dicho que, en su funeral, quiere que pongan el Adagio de la Novena, de tanto que le gusta; yo no llego a tanto, pero casi). Sin embargo, con quince o dieciséis años, y sin ninguna formación musical, me pareció lento y aburrido, qué se le va a hacer. Durante años, cada vez que ponía la Novena en el tocata, lo que era bastante frecuente, me saltaba el Adagio… ¡Qué torpe, por favor! Después pagué mi deuda con el Adagio: algunas veces he puesto sólo el Adagio, especial para momentos en los que te sientes “lírico”.

Porque es bellísimo. Maravilloso. Emocionante. La melodía es eso, lírica, cantabile como cita el título, llevada fundamentalmente por la cuerda, con contrapuntos del viento (sobre todo la madera, es decir: flautas, oboes, clarinetes y fagotes), que dejan el camino expedito para un majestuoso solo de trompa… Sube, baja, recapitula, y termina de forma esplendorosa.

Últimamente he escuchado algunas versiones, casi todas en directo, donde el director interpreta el adagio a ritmo de andante, o sea, mucho más rápido. He llegado a oírlo en menos de trece minutos… ¡es un atropello! Más que un adagio, parece un pasacalle: ninguna emoción, casi dan ganas de salir a marcarse unos pasos de baile…

No sé muy bien por qué, pero últimamente se ha puesto de moda entre directores de más o menos campanillas tocar piezas muy conocidas a ritmos mucho más rápidos de lo que se tocaban hace algunos años, lo que a veces resulta bien, pero casi siempre suena fatal, por lo menos, a mí me suena fatal.

Pero lo entiendo, hay una razón de peso: una orquesta buena puede tocar una pieza a un ritmo muy lento con perfección; una orquesta mediocre fallará, precisamente, en los tiempos lentos, donde no puede esconderse en parte alguna. La solución: tocarlo a toda pastilla, y así los fallos quedan enmascarados entre el batiburrillo, no se notan tanto. Para saber si una Orquesta es buena o sólo del montón, hay que fijarse siempre en los tiempos lentos.

Si decidís comprar una versión de la Novena, yo os recomendaría que os fijárais en la duración del Adagio, el tercer movimiento: menos de quince minutos o quince y medio es completamente inaceptable. Pero, ya sabéis, para gustos hay colores… y músicas.

Bueno, después del Tercer movimiento que (inexplicablemente) tanto me aburrió, llegó el gran momento: Por fin, el Himno a la Alegría. Iba a descubrir por fin las fuentes de la canción de Miguel Ríos por cuya culpa estaba allí escuchando aquel disco… Un cuarto movimiento que es “Presto-Allegro assai”, es decir, algo así como “A toda pastilla, y después, Rapidito, pero de aquella manera”. Más o menos. Ya veo que me entendéis…

Y no me decepcionó. Vaya que no: me dejó en estado de éxtasis, literalmente, y preguntándome dónde habría estado yo hasta entonces que nunca había oído semejante perfección. Lo mismo creéis que exagero; un poquito igual sí, pero de hecho me gustó tanto que, una vez acabado, lo puse una vez, y otra más, lo menos cuatro veces oí aquél día de 1970 a Wilhelm Fürtwangler dirigiendo a la Orquesta del Festival de Bayreuth dieciséis años antes…

Comienza el cuarto movimiento con una potente entrada de toda la orquesta, rápidamente respondido por las cuerdas graves, cellos y contrabajos, que tendrán una importancia capital en lo que sigue.

Un Cello (pronúnciese "Chelo")Un Cello (pronúnciese “Chelo”)

Y se establece un diálogo sin palabras, pero clarísimo, entre la orquesta y los cellos, éstos siempre doblados por los contrabajos, que viene a decir, más o menos (traducción libre para la radio, por cortesía del Macluskey):

-Orquesta: Vamos a ver, que no me acabo de enterar, ¿cómo era esto?

-Cellos: Pues hay una nueva forma de hacer música y tal y tal.

-Orquesta: Bueno. ¿Y eso cómo es?

-Cellos: Caramba, ya os lo he explicado antes.

-Orquesta: Ah, entiendo. Será entonces como el primer movimiento (y suenan unos pocos compases del primer movimiento).

-Cellos: Pues no, no es así exactamente.

-Orquesta: ¿Como el Segundo, quizá? (suenan ahora unos pocos compases del segundo movimiento).

-Cellos: Que no. Tampoco es así (y los cellos niegan vehementemente: dos notas de negación, ejecutadas mediante dos barridos del arco sobre el cello, que reflejan visualmente, además de acústicamente, el acto de negar).

-Orquesta: Pues ya no queda duda: como el tercero, seguro.

-Cellos: No os habéis enterado de nada. Lo que hay que engrandecer es el espíritu humano, cantar a la amistad, la paz, la libertad, y tal y tal.

-Orquesta: Pues es que no sé si me entero…

-Cellos: Veo que no me queda más remedio que enseñarte, pedazo de torpe…

-Orquesta: Tá bien. Oigamos entonces qué tienes que decir.

Todo este diálogo (que originalmente Beethoven pensó que fuera entre un cantante, el bajo/barítono, y la Orquesta), dura unos tres minutos… y cuando acaba, entonces se hace el silencio. La niña de E.T. diría en este momento lo mismo que cuando el extraterrestre cabezón hace volar objetos con el poder de su mente: “Aquí va a pasar algooo…”. Una atmósfera especial se crea en la Sala de Conciertos durante esos pocos segundos. Todo el mundo contiene la respiración: todos saben de memoria las notas inmortales que vienen a continuación, y todos las esperan con expectación. Es uno de los pocos momentos en los que nunca, nunca se oye toser a alguno de los tosedores profesionales de toda Sala de Conciertos, en la del Auditorio de Madrid, más… Mis padres me contaban que años ha, en el Teatro había aplaudidores profesionales (la clá); ahora hay tosedores profesionales, expertos en colocar una tos perfecta en el momento cumbre de cada obra… ¡qué cruz!

…Y el silencio, por fin, se rompe.

Los cellos (y los contrabajos doblándolos, como casi siempre) entonan el Himno a la Alegría. Notas graves, cantables, piano (o sea, bajito, bajito: hay que aguzar el oído para oírlos), directas al corazón. Cuando acaban la estrofa, el trozo o como se llame, la Orquesta se suma, primero tímidamente, de momento sólo las violas, lideradas por un clarinete cantarín y un fagot portentoso, repitiendo las mismas notas mágicas; diciéndonos a todos: “Ah, ya veo, ahora lo voy entiendiendo”… Cuando termina de nuevo la estrofa, se suman más instrumentos, particularmente los primeros y segundos violines, que llevan ahora el peso de la melodía, acompañados por la madera, y ahora maravillosamente contrapunteados por los cellos, y por fin, en la cuarta repetición, se suma, entusiasta, la Orquesta entera, con los metales y la percusión a todo trapo, abrazando la nueva fe (o lo que sea) musical… Es para acabar exhausto… a mí siempre se me saltan las lágrimas, no puedo evitarlo. Es demasiado.

.

Bueno, ya me he enjugado las lágrimas y puedo seguir escribiendo…

Sigue la música un poco más, congratulándose, regocijándose con el descubrimiento, y de pronto se recapitula, y se repiten los potentes acordes iniciales del movimiento, como diciendo: “Ahora que hemos aprendido… ¡Veamos de lo que somos capaces!”.

Y la música termina abruptamente, se produce el silencio de nuevo y a continuación viene uno de los momentos más difíciles por los que, supongo, debe pasar un barítono (o un bajo): Se levanta el susedicho barítono y, a capella, él solito, nos dice, no, NOS GRITA: “Oh, Freunde, nicht diese Töne” (Oh, Amigos, No sigamos más con estos rollos patateros…”). Él solito, repito, tras estar sentado durante casi una hora, calladito, y sin el apoyo de la Orquesta. Y esa música, que todo el mundo conoce… Más de un gallo tremebundo he oído yo en este momento especial (pobre bajo, como para que se te trague la tierra). Y sigue: “Cantemos algo más grato a nuestros oídos, cantemos a la alegría”. Bueno, más o menos.

Y a continuación, Beethoven pone música al Himno a la Alegría que Friedrich Schiller, el poeta alemán fallecido hacía unos pocos años, compuso a finales del Siglo XVIII. Dieciocho minutos, más o menos, de perfección. Sobran las palabras… sólo oigámoslo.

.

…Y no tengo más que decir. Salvo que, como supongo que sabéis, es el Himno de Europa, cosa que a mí me parece una sabia elección.

Disfrutad del Himno a la Alegría. A mí, me marcó. Comencé a ahorrar para comprar más discos de Sinfonías de Beethoven, y como me gustaron igualmente, de otros compositores, y así, tontamente, tengo una colección enorme. Y sí. Sigo sin saber nada de música, pero, ¡Dios! ¡Cómo me gusta!

Os recomiendo, desde luego, que lo oigáis en una buena versión, sobre todo que sea una donde el trompa no esté trompa, como pasa en la del video de youtube… Madre mía, ¡qué trompa! ¡Qué forma de desafinar! Supongo que la noche del concierto no podría dormir, el pobre.

Así, de saque, tenéis: Karajan, con la Berliner Philarmoniker, desde luego; Bernstein, siempre; Baremboin, Rattle, Abbado, la propia de Furtwängler, que ha reeditado EMI no hace muchos años… Mucho y bueno hay para elegir. ¡Suerte!

Pero… pero…

No hay nada como la música en directo. No hay disco que se le compare. Nada supera a la magia de ver a ciento y pico personas tocando una buena pieza, exclusivamente para tus oídos… No hay equipo de audiófilo que pueda competir con un Concierto en directo. Os lo aseguro…

Hasta la próxima. Y ya sabéis: Disfrutad de la vida, mientras podáis.

A ser posible, escuchando música.

Un pensamiento en “Introducción a la música clásica

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